Predicar
la palabra de Dios y pedir para el prójimo, aunque generoso,
no deja de ser un trámite que traslada ruegos al Altísimo;
mientras que trabajar para que los pobres alcancen por
derecho lo que nunca recibieron por caridad, es más
complicado. El obispo Fernando Lugo que el próximo 15 de
agosto asumirá la presidencia de Paraguay experimentará en
breve esa mutación.
Nunca
he endosado el punto de vista de quienes, cuando en un país
latinoamericano algún representante de los sectores
populares triunfa en las elecciones, se apresuran a afirmar
que: “Llegar a la presidencia no es lo mismo que llegar al
poder”. Se trata de otra dimensión, por cierto más elevada,
de la lucha.
Para
los revolucionarios y los reformadores sociales, así como
para todas las personas que, en cualquier parte asumen la
dedicación a la política como acto de bien público, el poder
es como una palanca, una herramienta que bien utilizada
facilita considerablemente la obra e incluso la hace
posible. Afortunadamente, la presidencia o el poder como
botín va dejando de ser la regla en la América Latina de
hoy.
Aunque
Fernando Lugo deberá echar a andar a uno de los países
políticamente más atrasado de occidente, un lugar donde el
tiempo histórico pareció detenerse, sus opciones de éxito
mejoran considerablemente porque a diferencia de otros
líderes y procesos del pasado, él no está sólo sino que
forma parte de una corriente general que respaldará su
gestión, aplaudirá sus éxitos y con certeza ejercitará la
solidaridad en los momentos y tareas más difíciles.
La
dictadura de Alfredo Stroessner, inaugurada en 1954 y
sostenida durante 35 años tuvo un efecto paralizante, no
sólo porque marginó a Paraguay de las corrientes y
contingencias políticas de toda una era, sino porque tal
inmovilismo permitió que la oligarquía y la partidocracia se
afianzaran en todos los niveles del poder y estratos de la
sociedad y sistemática e implacablemente, liquidaran o
empujaran al exilio a elementos de las vanguardias
políticas, culturales y académicas, produciendo un
debilitamiento de las estructuras que sostienen al
movimiento popular.
Paraguay
es uno de los países latinoamericanos que, doscientos años
después, aún no han logrado rebasar el antediluviano esquema
de liberales y conservadores, originado como parte de las
deformaciones estructurales establecidas con una
independencia que llevó al poder a la oligarquía criolla que
asumió al país como botín, circunstancias agravadas por la
presencia del capital extranjero imperial que azuzó guerras,
conflictos intestinos y finalmente instauró la feroz y
primitiva dictadura de Stroessner.
Una
de las evidencias más notables del anquilosamiento de las
estructuras políticas es la vigencia del Partido Colorado,
una formación ranciamente oligárquica que ejerció el poder
durante 61 años en los cuales, de hecho se convirtió en una
especie de “Partido/Estado” que no dejó margen a ninguna
otra fuerza política y ni siquiera practicó la alternancia
política con que la oligarquía satisface a sus estamentos y
el sistema cubre sus vergüenzas.
El
fin de la dictadura de Stroessner fue resultado de un ajuste
político al interior de la oligarquía que dejó intactas las
estructuras de dominación tradicionales y que no obstante,
sirvió como una especie de narcótico que al promover algunas
esperanzas mínimas, actuó como elemento paralizante que
coadyuvó a la desmovilización social.
Tales
circunstancias fueron agravadas porque, además de
cosméticos, los cambios iniciados con la salida del poder
del dictador coincidieron con la etapa de auge del
neoliberalismo impuesto a la América Latina y que anuló los
esfuerzos y, en lugar de aportar soluciones, agravaron
considerablemente los problemas estructurales de la región.
Cuando en unas semanas Lugo asuma la presidencia, Paraguay
habrá dado un paso de siete leguas que tal vez le permita
saltar sobre doscientos años de iniquidad y medio siglo de
estancamiento.
Con
todo y sus complejidades, la actividad política, no es donde
se concentran los mayores y más inmediatos desafíos ni donde
se agrupan las urgencias y las prioridades que se encuentran
en la vida económica y en la esfera social. Vencer la
resistencia de la oligarquía, que puede ser feroz y enrutar
su administración por los difíciles caminos de la lucha
contra la pobreza, la falta de atención médica, el
analfabetismo, la carencia de oportunidades que engrosa las
filas de los emigrantes, la exclusión y la discriminación,
son esferas en las que deberá avanzar con el handicap de
contar con magros recursos para hacerlo.
Tal
vez, entre las mejores opciones del obispo/presidente está
mirar a los lados y al frente donde encontrará a las fuerzas
avanzadas como aquellas que en Venezuela, Ecuador, Brasil,
Bolivia, Uruguay y otros países, cada uno a su aire y con
sus formatos, integran la positiva corriente de cambios que
como una riada avanza en Sudamérica y pueden respaldar su
gestión y reforzar su orientación.
Entre
los retos de Lugo está romper la resistencia de los
inmovilistas refractarios al cambio, evitar el apremio de
los maximalistas, rechazar las tentaciones de la ultra
izquierda, ponerse a distancia de los aprendices de brujo
que le indicaran fórmulas inviables.
Lo
importante para las fuerzas políticas continentales
avanzadas, es constatar el hecho magnifico y prometedor de
que otro pueblo latinoamericano se ha puesto de píe y echado
a andar y apoyarlo decisivamente. Bienaventurados los que
avanzan por la senda del bien y la razón.
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